14.7.09

Kôrogi a Mari en el Alphaville

Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Anuncios de propaganda en un periódico, un libro de filosofía, una fotografía pornográfica o un fajo de billetes de diez mil yenes, si los echas al fuego, sólo son pedazos de papel. Mientras los va quemando, el fuego no piensa: "¡Oh, es Kant!" o "Esto es la edición vespertina del Yomiuri Shinbun, o "¡Buen par de tetas!". Para el fuego no son más que papelotes. Pues sucede lo mismo. Recuerdos importantes, otros que no lo son tanto, otros que no tienen ningún valor: todos, sin distinción, no son más que combustible. -Kôrogi asiente para sí. Luego prosigue-: Y ¿sabes? Si a mí me falta ese combustible, si dentro de mí no hubiera esa especie de cajón de recuerdos, hace tiempo que, ¡cras!, me habría partido en dos. Y me habría muerto en cualquier rincón, tirada como un perro. Gracias a ese montón de recuerdos, valiosos o insignificantes según el momento, que van saliendo del cajón, puedo seguir viviendo, soy capaz de soportar esta pesadilla. Aunque a veces me diga a mí misma que ya no puedo más, los recuerdos me dan fuerza para seguir adelante.

After Dark, (c) Haruki Murakami, 2004

11.6.09

Volveré...

7.4.09

Mary Jane

La llaman Mary Jane por una vieja canción de Alanis Morissette, esa rockera para maricas místicas y bolleras autodestructivas. No tiene nada de bollera, pero si hay una palabra que la defina con exactitud, ésa es autodestrucción.

Ha intentado quitarse la vida en más de una ocasión, pero para su desgracia nunca lo ha logrado.

Primero fue aquel lienzo que tiñó de rojo oscuro tras cortarse las venas, obsesionada con plasmar una parte de sí misma más real que cualquier otra de sus pinturas. Después, sus muchos intentos de crear algo único tras haber ingerido cantidades disparatadas de alcohol y drogas.

Últimamente, sin embargo, algo completamente diferente le ronda la cabeza. Una nueva idea, tan descabellada como las demás para cualquiera de nosotros, pero diferente e igualmente atractiva para ella, ciega ante el riesgo que corre cada vez que da rienda suelta a su inspiración. Una nueva idea que lo cambiará todo, que conseguirá que sea recordada como siempre ha querido.

Mary Jane se levantó hace un rato. No madruga mucho. Está tomándose un café y pronto empezará a pensar cómo conseguir su objetivo.

Automáticamente, recoge de una pequeña lata metálica decorada por ella misma un montoncito de hierba seca, y lo enrolla en un papel semitransparente dándole forma de cigarrillo. El proceso no le lleva ni un minuto. Es una experta liando canutos. Podría ser famosa por eso, sin duda, pero ha elegido un camino más tortuoso para alcanzar la perdurabilidad eterna. En realidad no es tan tortuoso, pero lo excéntrico de la obra es lo que lo hace arriesgado. Arriesgado y paradójico... ¿Por qué no conformarse con aprovechar su tiempo? ¿Por qué esa necesidad de seguir aquí de alguna forma? Ella es la única persona que conoce que siente esa necesidad y no se lo explica. Probablemente no puede.

Después de darle unas largas caladas al porro, se levanta, tambaleándose, con una extraña mezcla de excitación y modorra, y se dirige a la ventana que ilumina el salón de su pequeño apartamento. Recoge del alféizar un pequeño vaso de plástico, del tamaño del tapón de una botella de agua, y lo rellena con un puñadito de tierra de una maceta cercana y unos cuantos cañamones. Segundos después, se lo mete entre las tetas y lo coloca de forma que queda inmovilizado.

Su plan se va perfilando, aunque la inmediatez no es algo que lo caracterice. Sin embargo, el drama y el efectismo están asegurados. Lo que quiere hacer para ser recordada como una gran artista es, extrañamente, entrar en comunión con la naturaleza que tiene más a mano. Demostrar que no está tan obsesionada con su propia obra como todos piensan, que también es capaz de preocuparse del mundo que le rodea. Aunque para ello tenga que poner su vida en peligro (otra vez).

Tal vez no sabe hacer las cosas de otra manera. Tal vez estaba escrito que tenía que hacerlo así.

Por su cabeza van pasando diferentes momentos del desarrollo de su nuevo trabajo. La planta creciendo, la planta clavando sus raíces en su piel, la planta tornándose rojiza por el color de su sangre-savia. La planta de marihuana completamente desarrollada y preparada para ser secada y procesada.

Le parece curioso, sin embargo, que en ninguno de esos momentos aparezca ella. Si es una obra tan personal, tan transgresora... ¿Por qué su autora no protagoniza ningún gran momento junto a ella? Eso le inquieta, pero no le da más vueltas.

Se levanta, va hacia la nevera y coge la botella de agua que ha dejado sin tapón. Después de beber un largo trago, deja escurrirse entre sus labios un chorro fino y brillante que resbala por su mentón y su cuello hasta empapar la tierra del tapón que esconde entre sus pechos. La sensación es tan embriagadora que no puede evitar jadear como si estuviera corriéndose.

Gimiendo, con la boca entreabierta y los ojos entornados, clava su mirada en la estantería que tiene delante. Es donde Pedro, su compañero de piso, ordena el material para sus clases de Inglés.

Una duda infantil la invade y se siente empujada a resolverla con urgencia.

Descalza sobre la tarima, avanza a grandes zancadas hasta la estantería y agarra con fuerza el enorme diccionario de Inglés-Español/Español-Inglés de su amigo.

Como controlada por una fuerza externa, llega a la M y busca con avidez una palabra, dudando si ése es el lugar más apropiado para encontrarla.

No se equivoca.

marihuana sustantivo femenino marijuana, Mary Jane, sí, tú.

21.2.09

Sigo nadando [Interlude]

Es curioso lo rápido que pasa el tiempo. Aún así, a veces nos atrevemos a jugar con él, manejarlo a nuestro antojo, no siempre de forma inteligente o productiva. Siempre se nos ha dicho que tenemos que aprovechar el tiempo que se nos ha dado, porque después de la muerte no habrá más tiempo que aprovechar. Yo no creo que haya vida después de la muerte aunque haya fantaseado cientos de veces con reencarnarme en un delfín o un tiburón blanco que dominara las aguas, pero tampoco puede decirse que esté aprovechando mucho mi tiempo aún a sabiendas de que cuando se haya acabado, habrá sido para siempre.

Tampoco lo estoy malgastando, ni mucho menos. Desde que empezó 2009 he estado ocupado yendo al neurocirujano más que nada por sugestión y trabajando aquí y allá durante breves períodos de tiempo. Primero -aunque fue mi segundo destino, en realidad- me llamaron para cubrir una baja en un instituto de Calzada de Calatrava, y, aunque en un principio la idea me seducía menos que tener una lamprea pegada a la polla, cuando se acabó -mucho antes de lo esperado- fue una putada. No sólo porque en el centro estaba bien y ya me había hecho con los chicos, sino porque además, por cuestiones logísticas, había vuelto a vivir en Ciudad Real y recordaba con nostalgia mi época universitaria allí, cuando Alberto y Jacinto (ahora con Nuria con ellos) me robaban la comida a cambio de darme todo su amor (heterosexual).

Ayer terminé en mi tercer centro. Esta vez -en Santa Cruz de Mudela- ha sido incluso peor. Sólo 4 días, y en un instituto lleno de animales salvajes. Tenía a mi cargo los grupos más pequeños (1º, 2º y 3º de la ESO) y puedo decir sin exagerar que el 90% de los chicos que tenía en clase merecen torturas chinas lentas y dolorosas durante una buena temporada para desarrollar algo mínimamente parecido al civismo.

Los profesores, sin embargo, han sido de lo mejor en los dos sitios. En Calzada coincidí en el Departamento de Inglés con una chica que había conocido en la carrera, y además había un profesor que conocía desde el colegio. Pero lo más fuerte sucedió en el otro instituto.

En mi primer trabajo, en Valdepeñas, cuando me conocieron me dijeron que allí había trabajado anteriormente otro Pedro Aguado, y sí, me encontré con él en Santa Cruz. Pero ahí no acaban las coincidencias. Los dos somos profes de inglés, los dos nos llamamos prácticamente igual (tenemos un segundo nombre diferente) y además los dos estábamos en el mismo aula del IES Torreón del Alcázar de Ciudad Real el 7 de julio de 2008. Sí, fue uno de los que estuvieron en mi tribunal cuando hice la segunda parte de las oposiciones. Muy fuerte.

Aparte de mi tocayo, en Santa Cruz coincidí con un profe de mi pueblo (una vez más, problemas logísticos solucionados) y tuve la suerte de tratar con más gente maja y agradable. Hasta tiré fichas -sin éxito- a ver si cazaba al guapérrimo profesor de Lengua.

Inconscientemente, pensando en mi tocayo no puedo dejar de pensar en mi futuro, y aunque en la lejanía aparece todavía incierto -y más desde las traumáticas horas impartiendo clase en Santa Cruz- dentro de poco recibiré mi nuevo MacBook y mi nuevo iPod nano de 16 GB y me olvidaré por unos días de estas cosas, como cuando volvió a vernos Nicola. Hasta que vuelvan a llamarme, como ha hecho el blog.

Me siento un poco como las Mujeres Desesperadas en la quinta temporada (estoy enganchadísimo, a ellas y a Skins), como si hubiera pasado un porrón de tiempo, pero con la total convicción de que sigo siendo el mismo. Y eso, aunque los días sigan pasando, no es nada malo.

PS: Sé que dije que volvería a actualizar con un diseño nuevo y rompedor, pero ya no podía estar más tiempo sin escribir y los responsables del diseño andan ocupados con proyectos paralelos más importantes. Seguiremos informando. Y muy pronto, relatando.

30.12.08

Un ano + / Best of 2008

Canción:

Don’t believe in love / Dido

> Ver entrada I DO believe in love


Disco:

Hard candy / Madonna



Libro:

Sauce ciego, mujer dormida / Haruki Murakami

El hombre de Hielo

Me casé con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.

—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.

En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.

El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente.

No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.

Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.

A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.

La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.

Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.

Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.

—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.

—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.

Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.

—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.

Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.

En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.

—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.

Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.

—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?

Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado.

No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.

El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.

Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.

Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.

Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.

Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.

De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.

Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.

Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo.

Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones de años —todos los pasados del mundo— se almacenaban.

En nuestro matrimonio no había problemas de consideración. Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos del barrio.

Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.

Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que dolía no era el tedio sino la repetición.

Por eso un día le dije a mi marido:
—¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado?
—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo?
—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo. ¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco?
El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo:
—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir?
—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.

Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur. ¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?
Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el interior de mi cabeza. Luego asentí.

Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.

Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y dije:
—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y ver una corrida de toros o algo así.

Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo:
—No, España no me atrae particularmente: demasiado calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha atrás.

La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía, alejándose de ellas.

Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.
Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.
—Tuve una pesadilla —le decía.
—Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes?
—Sí —decía yo pese a no estar convencida.

No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.

Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró y sonrió. Dijo:
—¿Es éste el sitio que querías conocer?
—Sí —respondí—. Así es.

El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas. Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.

Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola.
Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido, perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco.

Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones. Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno drenado de color, cercada por mi soledad.

Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores.
Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie. Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.

—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta la primavera.
Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la cuenta
de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.

Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.


Maromo:

Michael C. Hall / Dexter



Película:

Wall•E



Programa:

Ven a cenar conmigo / Antena 3



Serie:

Física o Química / Antena 3



Web:

El cliché, por esto y esto, entre otras muchas cosas.


Bonus track (Coche):

Mercedes Benz GLK




¡Feliz 2009!

8.12.08

Street Fighter [Interlude]

Después de una larga tarde-noche bebiendo (principalmente), comiendo y jugando a la Wii, anoche Xemi, Álex, Lola y yo descubrimos algo haciendo zapping que sin duda es un final apoteósico para el puente. No tengo palabras.


2.12.08

No SoPoRTo eL RaP

Me gusta el rap. De hecho, uno de mis discos favoritos de este año es un disco de rap. No es un disco de rap al uso, pero es rap al fin y al cabo. Lo que no me gusta tanto es el empeño de los raperos por alejarse de “lo comercial” y marginarse voluntariamente. De hecho, no me gusta nada que los defensores de diferentes estilos musicales “minoritarios” se alejen del mainstream y sus seguidores como si tuvieran el ébola. Estamos de acuerdo en que hay grupos como El Canto Del Loco (así, con la boca floja), Andy y Lucas u OBK que no deberían volver a grabar un solo disco para no seguir haciendo mella en nuestros cerebros y nuestra integridad, pero las personas con cierto gusto musical sí deberían tener el permiso de los raperos (y cualquier otra raza orgullosa que tenga algo bueno que aportar al mundo) para acercarse a su música, su cultura en definitiva, si en un momento dado les apetece. Sería un intercambio beneficioso para todos.

El problema está en que solemos radicalizar mucho las cosas. Yo, por ejemplo, odio a Dani Martín, sí, pero hay alguna canción de su grupo que no me disgusta. Lo mismo me pasa con OBK y (sí, también) con Andy y Lucas. Que a mí me guste un 0,1 % de lo que hacen no significa que yo tenga que bailarles el agua y defenderles a capa y espada, claro, pero tampoco que quiera hundirlos (aunque quiero, pero oye, es que nadie es perfecto). Pero ¿qué ocurre? Nadie excepto yo considera una ofensa que yo me ponga El cielo no entiende o Zapatillas a todo trapo en mi casa. Los fans de OBK o El Canto Del Loco no van a sentirse ofendidos porque yo, que normalmente no escucho la música que hacen, reproduzca alguno de sus temas. En cambio, parece ser que si no eres rapero desde la cuna (no conozco a nadie que haya nacido con ropa de Ecko puesta o un micrófono en la mano para una batalla de gallos), no tienes derecho a escuchar ese estilo de música.

A mí lo de tener derecho o no siempre me ha hecho mucha gracia, y no me afecta en absoluto. Yo seguiré escuchando siempre lo que me dé la gana, que ya he tenido bastantes cortapisas a lo largo de mi vida. Más gracia me hace que los aficionados al rap se ofendan porque su música pase a ser música para las masas, cuando más de uno de los MCs a los que idolatran daría hasta la última de sus gorras por un contrato en una multinacional.

Luego lees por ahí que la música negra en España no vende… si los que deberían defenderla y difundirla se comportan así lo raro es que venda algo o haya alguien que se interese por ella.

Y lo peor es que no sólo les parece mal que escuches su música. No se te ocurra ponerte unas zapas DC o unos pantalones cagaos Ecko, que te queman, directamente, mientras cantan algún tema de Notorious BIG, Tupac Shakur u otro cualquiera de una de sus celebridades chungas muertas como oración.

En fin, afortunadamente, aquí estoy yo para ilustraros un poco en la materia. No voy a ponerme a recomendar discos -no acabaría nunca- pero, una vez más, voy a minicriticar algunos lanzamientos recientes. En este caso, de ese género tan “maltratado”.

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Brandy / Human > Ya, ya sé que Brandy no hace rap. Con lo de género maltratado me refería a la música negra en general. Brandy siempre ha sido de mis cantantes favoritas, desde que la descubrí junto a Monica discutiendo -con mucha clase, todo hay que decirlo- por un maromo en el vídeo de The boy is mine. Es una pena que siga atrapada en 1998 10 años después. Su voz suena maravillosa, como siempre, pero la producción tan manida de los temas y su homogeneidad hacen la escucha de este disco pesada e irrepetible (porque no quieres volver a escucharlo una vez has llegado al final). 4 / 10

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Kanye West / 808s and Heartbreak > Éste es el disco que comentaba al principio de la entrada. Todos los singles de Kanye me han gustado hasta ahora, y he escuchado bastante sus discos, aunque sin el interés que me provocaba este último. El primer single, Love lockdown, combina la voz de Kanye pasada por el vocoder con unas percusiones de lo más adictivas. Una vez lo has escuchado, no puedes parar de hacerlo (ni de bailarlo). No es lo único destacable del disco. Kanye canta (no rapea) en la mayoría de los temas, demostrando que no es sólo uno de los mejores del rap, sino que el electropop puede haber encontrado otro buen abanderado. 7 / 10

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Pharrell and The Yessirs / Out of my mind > Este disco es del año pasado, pero no podía dejar pasar la oportunidad de comentar algo sobre él. Recoge las remezclas del primer disco en solitario de Pharrell Williams, productor musical de moda y líder de N.E.R.D. (imprescindible su She wants to move) y supera con creces la calidad de ese debut. Un lavado de cara que ha sentado de maravilla a temas tan interesantes como Angel, Can I have it like that (con la participación de la charra de Gwen Stefani) o Number 1, en la que Pharrell comparte protagonismo con Kanye West (endogamia powah!). 7 / 10

13.11.08

Fiesta sem-anal

Ya he terminado mi primera sustitución. Aunque fui al instituto pensando que allí me encontraría a la misma muerte en persona (y luego ha habido de todo), la experiencia ha resultado de lo más gratificante. Tanto que, el martes por la noche cuando me encontré a mi sustituido acechándome por los pasillos, me mosqueé porque pensaba que su vuelta se habría adelantado, y cuando él mismo me lo confirmó la mañana siguiente, me sentí tan triste y decepcionado que no me apetecía hablar con nadie. No sólo porque he tenido mucha suerte, empezando cerca de casa y en un centro estupendo, sino porque ahora vuelvo a estar en las listas, esperando y con los nervios dando vueltas por mi estómago, y no tengo ganas de acabar trabajando en el culo del mundo o en un infierno de difícil desempeño.

Pero bueno, por ahora me quedo con el recuerdo de los grandes momentos vividos en mi primer centro (mi primer TRABAJO así con mayúsculas, que ya olía), y con la celebración y los descubrimientos musicales que le precedieron el fin de semana pasado, que no fue moco de pavo.

Ángel, Lali y Cristina nos (me) devolvieron el sábado la visita que les hicimos (hice) hace un par de semanas, cuando estuve de juerga en Ciudad Real. Empezamos con la fiefta a las 6 de la tarde y acabamos a las 4 de la mañana, así que podéis imaginar que la cosa no estuvo nada mal. Tomamos unas cervezas bajo la nube tóxica de La Meca; fuimos al Bare Nostrum y al Totem a empezar con los copazos en ese horario chungo que es la tarde-noche, cuando el primero está vacío y en el segundo sólo están el dueño y sus colegas viendo el fútbol; seguimos viendo el fútbol (no sé si el mismo partido del Totem u otro diferente) mientras tomábamos unas cañas y unas tapitas en el Tic Tac y, como las tapas no fueron suficientes para aplacar nuestro apetito, visitamos La Góndola para darnos un buen atracón que nos ayudara a aguantar frescos como lechugas el resto de la larga noche que se avecinaba.

Después de la cena retomamos la ingesta de alcohol sin moderación (ya sabéis que el agua no es lo mío, ni lo nuestro, me atrevería a decir), en compañía de Ascen y Sebas, quienes TAMBIÉN acudieron a la "cita", aunque tardaron en aparecer algo más de lo esperado. La noche anterior Jacinto y yo habíamos ido al cine con ellos a ver Camino. Yo no tenía muchas expectativas, pero he de reconocer que me sorprendió muy gratamente. Jacinto -que ya la había visto y me había dicho que me gustaría- estaba en lo cierto. Me gustó, sí, pero también me puso de muy mala hostia. Afortunadamente, el sábado se me había pasado el cabreo.

En nuestro (¿mi?) afán de llevar a los chicos al mayor número posible de sitios para que pudieran opinar con criterio, cometí el error de pasar al Trivial, que mostraba una cara especialmente amarga (la del horrible portero, que persiguió a Cristina y Lali cuando intentaban entrar aquella noche), y al Bar Killer-Oh!, nuevo y autóctono nombre de esa guardería-todo-vale anteriormente conocida como El Escondite, donde a mí me dio la bajona.

Pero no importaba. Ya era tarde y pronto nos iríamos a casa. El trabajo estaba hecho. Tengo fuentes que aseguran que se quedaron encantadísimos con la visita (como yo, vamos) y que es probable que repitan muy pronto. Y si no, ya volveré yo a dejarme ver por allí, ya sea dentro de mi Citroën C4 Ford Fiefta 2009 o no.
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En otro orden de cosas (lo sé, últimamente mis entradas siempre tratan de dos temas completamente diferentes), esta semana he conseguido hacerme con unos cuantos esperados lanzamientos musicales (esperados por mí, sí, pero esperados). Aquí van mis primeras impresiones a modo de minicríticas:

(In alphabetical order)

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Beyoncé / I am… Sasha Fierce > Un truño. Once canciones divididas en dos discos (wtf?!). El primero (I am…), agrupa seis baladas que tienen toda la pinta de ser descartes de sus dos discos anteriores, al igual que los cinco temas más rápidos del segundo (Sasha Fierce), seguramente regrabados ahora para que sus fans tengan algo que escuchar mientras ella se preocupa de ser una actriz de tercera. Así no. Sólo se salvan un par de canciones (If I were a boy, Sweet dreams) y ambas tienen una producción más vieja que el hilo negro y llevamos escuchándolas meses. ¿Tanto esperar para esto? 3 / 10

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Christina Aguilera / Keeps gettin’ better > El recopilatorio de Xtina, como casi todos, es un poco timo. Con el reclamo de dos nuevas canciones (Keeps gettin’ better y Dynamite) y dos nuevas versiones de viejos éxitos (Genie in a bottle y Beautiful), la garcilla bueyera se marca un A decade of hits que aprueba por los pelos (Y gracias a que no he tenido en cuenta la portada y a que Dynamite y Genie 2.0 molan bastante, porque la nueva Beautiful y esa imitación chunga de Goldfrapp meets Lady Gaga que es Keeps gettin’ better no hay por dónde cogerlas). 6 / 10

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Craig David / Greatest hits > Partiendo de la base de que Craig David para el gran público sólo tiene un gran éxito (Walking away) aunque yo no opine lo mismo, mal vamos. Encima, si a su discográfica se le ocurre lanzar el recopilatorio volviendo a grabar esa canción, con un nuevo videoclip, un Craig más viejo y feo y metiendo con calzador a Álex Ubago en el tema y en dicho vídeo, el resultado sólo puede ser dantesco. Afortunadamente, entre los inéditos (dos, que no hay mucho dinero para Craig ahora que no vende) hay un temazo que nos alegrará el invierno: Insomnia. Efectivamente, se parece a Disturbia de Rihanna, pero además recuerda sospechosamente al fantástico Closer de Ne-Yo, que casualmente ya participó con Rihanna en esa bella canción que la filial española de su discográfica se encargó de estropear cambiándole a él por Bisbal: Hate that I love you. 7 / 10

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Dido / Safe trip home > Por fin algo interesante. Por fin Dido vuelve. Admito que tenía mis dudas tras leer por ahí que este disco había sido grabado bajo la influencia de cantautores norteamericanos, pero tras haberlo escuchado varias veces, mis sospechas disipadas. Estamos sin duda ante uno de los discos del año, que, ciertamente, abraza sonidos más abiertamente folkies sin dejar de lado las cuerdas y la electrónica que tan buenos resultados le han venido dando hasta ahora. Muchos temas a destacar, empezando por el excelente primer single, Don’t believe in love (vídeo en la entrada anterior), y siguiendo con Quiet times, Grafton street, Look no further (letraca) y The day before the day, por citar algunos. 8 / 10

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Laura Pausini / Primavera in anticipo > Cansado ya de las imposibles traducciones al castellano de sus letras, me he animado a empezar directamente escuchándola en italiano, y la verdad es que tampoco hay tanta diferencia (lo más evidente es que no entiendo gran cosa), aunque las rimas no sean tan sonrojantes. Sigue ahondando en el rollo rock desgarrado de Escucha, aunque los temas en principio carecen de la inmediatez de los de aquél. Tengo que escucharlo más. 5 / 10

31.10.08

I DO believe in love

Con esto de andar de acá para allá ahora que trabajo se me va mucho tiempo, y el poco tiempo libre que tengo lo invierto en dormir o charlar por el messenger, sin animarme a escribir nada más. No es ninguna novedad que este blog está en sus horas más bajas, pero me niego rotundamente a cerrarlo, y más si tengo cosas interesantes -a mi juicio- que contar.

Como ya sabéis, el sábado pasado estuve de fiesta en Ciudad Real. No esperaba nada del otro mundo, pero la noche dio para mucho y en general fue una salida bastante divertida.

Había quedado con Jacinto y llegué a su encuentro con algo de retraso. Estuvimos poniéndonos rápidamente al día y nos encaminamos al encuentro de parte de nuestro grupo para esa noche. La mejor parte, en realidad. No recuerdo el tiempo que Jacinto conoce a Ángel y Lali, pero espero que los conserve por mucho tiempo. Son una pareja muy simpática y me hicieron sentir muy bien en su compañía, aunque en un primer momento pensaran que yo era Damien. No sé de dónde sacaron eso.

Estuvimos tomando unas cañas en mi añorada Croqueta, un bar donde ponen tapitas y raciones muy cucas para llenarse el estómago con algo diferente. Pedimos crujiente de cerdo con sirope de fresa y unas croquetas mixtas, ambas dos elecciones muy acertadas y recomendables, y una vez con el estómago bien lleno nos animamos a entrar en materia con unos buenos cubatas preparaos en Lo Nuestro, otro sitio de visita obligada en la nightlife culiparda. La mejor hora para ir a este sitio es nada más salir, después de la cena, a tomarse tranquilamente la primera copa, disfrutando del ambiente y el trato selecto y de la exquisita decoración del local.

Después fuimos a La Rue -un sitio que no me había customizado demasiado en anteriores entregas- donde seguimos bebiendo y conociéndonos con temas bastante interesantes como banda sonora. Bebimos por 3 euros un ron cuyo nombre no recuerdo que estaba buenérrimo, y brindamos con chupitos de vodka caramelo y margaritas deliciosos.

En aquel sitio nos encontramos con Julio, Vero, Javi y Mari, que nos hicieron compañía durante un rato hasta que decidieron ir a otro sitio y nosotros preferimos quedarnos donde estábamos.

Algunos desaparecieron, sí, pero llegó Cristina. Jacinto me había hablado muy bien de ella y yo ardía en deseos de conocerla y de que me soltara todas sus chorradas seguidas una y otra vez hasta que ya no pudiera reirme más y cayera babeando tirada por los suelos de la discoteca.

Fuimos al Reprise, que es como el Trivial en versión capital, y allí casi me da algo cuando me encontré a mi jefa bailando al son de melodías ochenteras de la peor calaña. Resulta que había sido su cumple y estaba en Ciudad Real de fiesta con sus amigotes. Bien por ella.

En este antro la cosa se fue un poco de madre. Yo me puse como siempre me pongo, recuperando el protagonismo que Jacinto me había robado y -humildemente- devuelto, bailando como un poseso y poniendo caras raras. Vamos, lo de siempre, como decía. Al parecer, a parte del grupo -que había vuelto a crecer- no le hizo mucha gracia mi performance. Supongo que no la entenderían. Pero todavía hubo más.

Fuimos a Caray, el pub marica por excelencia en CR, y Jacinto y yo nos enzarzamos en una de nuestras batallas de bailes, de la que una vez más salí victorioso. Ya sabes Ja, ajo y agua.

Después del baile y de que casi provocara la muerte a uno al hacer que tropezara con mis pies, estábamos hechos polvo y decidimos que ya estaba bien. Fuimos al Open Shop a comprar un buen desayuno para el día siguiente y nos fuimos a casita a dormir.

Al día siguiente nos levantamos bastante tarde y no hicimos mucho más aparte de comer. Primero nos zampamos el desayuno nada frugal que habíamos comprado la noche anterior y poco después, todavía con sabor a Donuts en la boca, nos sentamos a la mesa en el Fussion Restaurant que tanto nos gusta.

Y acertamos otra vez. Más o menos.

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Por cierto, qué mal me cayó el tío que se sentó a nuestro lado, dándoselas de entendido. Le (y os) recomiendo visitar a Encantadísimo.

Y encantadísimo es como estoy yo hoy, que por fin he visto este vídeo (ya faltan sólo 2 semanas para que se filtre salga el disco):

25.10.08

Elevación

Dentro de unas horas voy a Manzanares a coger un tren con destino a Ciudad Real. No tiene pinta de ser un viaje muy excitante (o sí), pero tras las dos últimas semanas no se me ocurre un plan mejor. Mi vida ha dado un giro radical y tengo ganas de celebrarlo por todo lo alto y hablar de ello.

Ya tengo trabajo.

El 14 de octubre me llamaron de la Delegación de Educación de Ciudad Real porque había llegado mi turno en la lista de interinos, y no me lo pensé dos veces cuando me dijeron que había una baja de 1 mes en un instituto de Valdepeñas (a 25 kms de mi pueblo) y me preguntaron si estaba interesado.

Al día siguiente fui a Ciudad Real de papeleo y al mediodía me presenté en el instituto, con el estómago revuelto, mi tos nerviosa y mi padre como compañeros de viaje. Estuve charlando con el jefe de estudios -que resulta que es de La Solana- y después me estuvo enseñando el centro y presentando a alguno de los profesores que nos íbamos encontrando. Todo pintaba muy bien hasta que me dijo que tendría que dar clase por la tarde en el Bachillerato nocturno. Me vi un poco con el agua al cuello porque no tengo carnet (todavía) y tengo que estar dependiendo de mi padre para ir a dar clase por la tarde, pero el horario matinal lo tengo resuelto porque un amigo de la familia está trabajando en Valdepenes y va a las 8 y vuelve a las 2 y pico. Perfecto.

Me han tocado cursos bastante diferentes pero muy buenos en general. Soy tutor de 3º C, a quienes también les doy clase de inglés, y aunque hay un poco de todo, en general es una clase estupenda.

Con 4º tengo tres horas semanales de laboratorio, programadas para realizar actividades más comunicativas (listening, reading, speaking...) y ya he estado en un par de clases con ellos y tampoco dan problemas. En la primera clase hicimos un dictado con resultados un tanto catastróficos y en la segunda estuvieron charlando con un grupo de chicos ingleses de intercambio utilizando un guión preparado de antemano por una compañera.

Aparte de los grupos de ESO, por la mañana también doy clase a dos grupos de 2º de Bachillerato: Sociales y Artes. Ambos grupos son bastante cómodos para trabajar y me ponen las cosas fáciles a la hora de dar clase. Contenerme de cometer un delito es mucho más chungo...

A éstos ya les he puesto fecha para el primer examen y, aunque todavía no sé qué les pondré, les he jodido el puente del 1 de noviembre.

El Bachillerato nocturno es otra historia. Ahí tengo a gente de todas las edades unida -en general- por su desconocimiento de mi asignatura. Se portan muy bien y trabajan bastante, pero el horario (martes de 9 a 11, jueves de 10 a 11 y viernes de 7 a 8) es una auténtica mierda.

El miércoles pasado el Departamento de Actividades Extraescolares del centro organizó una comida para los profesores, y no perdi la oportunidad de quedarme para conocer a los que serán mis compañeros de trabajo, aunque sea por poco tiempo. Me puse muy cerda y estuve charlando con muchos profes, que era de lo que se trataba. Lo pasé genial, sin tener la menor sospecha de que aquella no sería la sorpresa más grata del día.

Por la tarde, ya en casa, haciendo mi ronda por los bares y vertederos, por los servicios de caballeros, llenando el monedero habitual por blogs y webs, caí en la cuenta de que el nuevo disco de Anggun, Elévation, ya había salido a la venta (el día 20) y no tardé en darle trabajo a la eBurra para hacerme con él.

¿Y qué?

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Pues que me gusta. Me gusta mucho. Tiene un sonido elegante y futurista, y la nueva dirección musical casa muy bien con su voz, siempre tan sugerente, como de actriz porno oriental. Sin embargo, no puedo evitar pensar cuánto ha cambiado desde que la vi por primera vez, intentando hipnotizar a un canario con sus malas artes esotéricas en el vídeo de Snow on the Sahara, hecha toda una perroflauta:


De los 14 temas por el momento destaco Est-ce un hasard?, que me recuerda a Heartbeat de Madonna, y Si je t'emmène, con la colaboración del ex Fu-Gees Pras Michael, que es música para follar. El primer single, Si tu l'avoues, sin embargo, en su día me dejó un poco frío y sigue sin convencerme:

7,4 / 10